Cuando murió, en el informe médico ponía tumor invasivo en todo el área cerebral que regula el equilibrio y la inteligencia emocional.
En la autopsia, su extraña languidez no era la propia de un cadáver, esa melancolía era la de alguien que sufre en vida, y no descansa con la muerte, sino que sigue sufriendo aún después de dejar de existir. El forense que hizo la autopsia tuvo que armarse de valor para comenzar a cercenar ese cuerpo, que pese a estar clínicamente muerto, emanaba un dolor y sufrimiento dignos de un ser mucho más que vivo.
Consiguió comenzar, en el fondo por curiosidad, la curiosidad que todos tenemos ante la oportunidad de romper la rutina de un trabajo, y en su caso hacerle una autopsia a un humano de ésos que aún sentían, sufrían, lloraban y reían en vida. Y que pese a esa “causa de la muerte”: Tumor maligno inoperable, algo decía a ese profesional de la materia que esa cara de agónica vitalidad en plena muerte, le pedía a gritos que le hiciera justicia y que fuera más allá, que viera que hay humanos a los que les mata la vida, y ese es su gran tumor, un tumor mortal que hace herida, callo, que va creciendo cuando el ser “Sensibilis” va relacionándose a lo largo de los años con el Homo Programabilis”, tan neutral y maleable, tan inhumano que sólo puede ser vencido si logras encontrar su cable de alimentación y desenchufarlo. Algo demasiado complicado y mucho más duro para el “Sensible”, que en el fondo, cree que todo el mundo merece otra oportunidad, que la bondad genera bondad, y ese error acaba minando el cerebro del sensible.
Consiguió cercenar el cráneo con delicadeza, con miedo a dañar todo lo sensible y todo lo vivo que había en ese cuerpo. Llegó a la cápsula que, según las resonancias contenía el tumor. Era grande, sin duda, tuvo que ser una muerte casi tan dolorosa como su vida.
Vaciló un poco el doctor antes de escoger el instrumental más apropiado, capaz de abrir esa cápsula que contenía lo único que en ese ser evocaba la palabra muerte, pero a su vez lo suficientemente fina, delicada y precisa como para no alterar ni un ápice la suma melancolía que inundaba de vida la sala reservada para los muertos, ese cuerpo, que aun habiendo perdido la vida, suplicaba por notar una vez la sensación de sentirse querido, comprendido, escuchado.
El doctor respiró hondo y miró con cierto cariño a ese rostro tan lúcido, melancólico y expresivo, que casi notaba el dolor de su alma al mirar la comisura de esos labios yermos, tersos… que hacía mucho tiempo que no habían sido correspondidos con la pasión de antaño. Con ese amor que hace que el beso haga que cualquier palabra resulte casi molesta.
Abrió esa cápsula con precisión y con el amor que ese ser mereció sentir, y que llegaba demasiado tarde.
Lo que de allí salió, fue la respuesta de ese lánguido cuerpo inerte. Notó que ese cuerpo estaba descubriendo el goce de ser importante, de ser amado, y de estar protegido.
El doctor no se había equivocado cuando notaba la vida de ese resto de ser prostrado sobre la mesa metálica, y por un momento, el doctor creyó que los labios se habían movido para sonreír, agradeciendo el haber sentido el amor, antes de irse para siempre.
Junto a esa sonrisa, en aquella cápsula que el doctor ya ni recordaba, comenzaron a salir mariposas, cientos de preciosas mariposas, de todos los colores y tamaños, que cambiaron el frío metal gris de la sala por un carnaval de vida y color que devolvía amor, “sueños” y vida a quien la había querido, a quien le había hecho el precioso regalo de sentirse consumado.
Allí devolvió el inerte ser lo que había sentido, convirtiéndolo en un canto a la vida, en la sala que fue su muerte.